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MEMORABLES AÑOS

No hay duda de que algún gen de mi bisabuelo, Antonio Santamarina (1880-1974), ha contribuido al desarrollo de mi pasión por el arte. Como es sabido, don Antonio tuvo una singular sensibilidad frente a la creación artística, en especial la pintura y la escultura. Reconocido en el mundo como un gran coleccionista, fue también presidente de la Academia Nacional de Bellas Artes, de la Comisión Nacional y de la Asociación de Amigos del Museo Nacional de Bellas Artes.
 
Murió cuando yo tenía 22 años. Así, casi sin darme cuenta, en mis frecuentes visitas a su departamento de la avenida Alvear fui absorbiendo desde muy joven sus conocimientos, su búsqueda incesante de belleza, sus opiniones sobre diversos artistas y su agudo criterio de coleccionista. Pude charlar con él rodeado de obras de grandes artistas, como Delacroix, Monet, Renoir, Gauguin, su preferido el talentoso y pícaro Toulouse, y en la escultura, obviamente el inspirado Rodin.

A ese deslumbramiento juvenil se agregó algo que venía desarrollando desde mi niñez: la contemplación de la naturaleza, mi afición a la vida rural y a los caballos, mi admiración por el hombre de campo, de su sabiduría, destreza y sencillez.

Después algo muy importante sucedió en mi época universit...

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